Las seis vidas


La muerte es algo para lo que nunca estamos preparados, aunque estemos seguros de lo contrario. Es esa pieza blanca de ajedrez, que se coloca detrás del rey opositor, que sin importar la jugada o estrategia, siempre termina ganando la partida. Pero eso no lo es todo, además come una a una las piezas que lo rodean. Sin piedad, de a poquito, o de golpe, cualquiera que sea el tablero: el blanco siempre gana.

Aún a pesar de ello, continuamos en la jugada, a la espera de un movimiento novedoso. A menudo, deseamos, que nuestro rey sea vencido de una manera majestuosa, una derrota triunfal. Porque para ser sinceros, sea cual sea, la vida del rey es inigualable, digna de reconocerse, al menos en la muerte.

Y con ello, deseo referirme a los funerales, que son en extremo tristes y largos. Con un vaivén de recuerdos compartidos, o atesorados. El funeral, en el que las piececillas veneran al rey, pérdidas en manada. Es donde convergen viejos, grandes, infantes y una que otra cara de traición. Todos los funerales, están inundados de lágrimas; que se creman junto con la piel del difunto.

El suyo fue diferente; porque sí que dolió. El tiempo relativo, dejó de ser, y en su lugar la nostalgia tomó asiento, para no permitir sentir a mi cuerpo el cansancio de las horas que pasé observando su ataúd. No anhelaba algo en específico, tan sólo me daba terror verla despertar de la paz que inundaba su cuerpo.

Mejores vidas han existido, pero la suya merece mención honorífica dentro de mis recuentos, ya que es el relato más melancólico que conservo. Las arrugas de su cuerpo le dictaban a la guerra, la necesidad de parar durante el día. El insomnio era su enemigo más feroz; el ceño fruncido, y su estratégica forma de evaluar el panorama, sus aliados.

Quiso a muchas personas, pero nadie pudo quererle más que yo. Se debería tomar en cuenta que el amor a distancia, se convierte en un pilar indestructible, crea barreras inquebrantables; no hay fronteras, sino kilómetros. Es por eso que deberían tomar en cuenta las horas que pasé a la espera de su regreso. 

Me parece oportuno mencionar que nunca volvió, pero que sus cosas y mis llantos de madrugada le guardan cierto recelo a la muerte. Porque la muerte se encargó de humillarnos, en el coraje de no querer que se marchara; al menos no a un país ilusorio, del cual soy la enemiga más antigua.

 El día de su funeral, la rabia se convirtió en un sabor, el cual mezclado con el humo de mis marlboro rojos, contenían las palabras. No pude gritar, ni hablar, mucho menos abrazar. Sólo fui un espectador, con carencia de empatía. Observaba, vigilaba y lloraba, sin consuelo aparente.

Ella siempre tuvo miedo de quedarse sola, y debo decir que en su funeral se reunieron bastantes personas, así que la soledad que sentía posiblemente era algo más arraigado, un sentimiento más profundo. Uno, que ningún viaje, ni ninguna compañía podrían curarle. 

Sin embargo, tuve miedo, cuando terminaba mi turno en el hospital. Y se volvió más intenso cuando murió; a medida que avanzaban las horas, y el cristal aquel que nos separaba, se llenaba de más palabras de arrepentimiento. Porque sabía que estaría sola, una vez el recinto quedara vacío, y entonces no habría un lugar, ni un tiempo, que me permitieran acompañar su soledad con la mía.

La última vez que la ví, se apresuraba a guardar un poco de ropa dentro de sus maletas, que en realidad eran pocas. Segura estoy de que no quería irse, pero tampoco quedarse. Me pidió dejar sus libros de cocina, en un lugar de mi librero, que no los tocara hasta que ella pudiese volver por ellos. Quizá ya lo presienten, pero siguen intactos. 

Mi nariz no perdona aún el haber pasado tanto tiempo pegada al féretro, sigue recordando el olor que inundaba la habitación: cebolla, vinagre, un cuerpo en descomposición, y veladoras. Mis manos se esclavizaron al cigarrillo, pero mi nariz… ¡Sí que sufrió!, vano es querer olvidar el olor, es la forma que la muerte me volvió humana, mortal y verdadera. Fue el olor que despertó mis sentimientos, y retumbó dentro del lugar donde había olvidado la depresión.

Para ser honesta fantaseé con su muerte muchas veces, no en un sentido psicópata, más bien evaluaba las posibilidades de que sucediera. Me encontraba a menudo con pensamientos que recreaban escenas en las que pudo morir. Me había preparado para que sucediera, sabía que algún día mi celular sonaría, desesperado por darme la noticia.

Aún a pesar de ello, no me encontraba preparada. Su muerte me agotó las sonrisas por varios meses, y me sorprendió a mitad de una pandemia. ¿Cuál era el miedo que podía tenerle a un virus mortal? Si la muerte ya me había abrazado, instalé mi refugio en sus brazos.

Mis lágrimas no lograron que el ataúd se volviera eterno: se lo llevaron. Y los brazos, las piernas, los hombros sobre los que tantas veces me sentía protegida, ya no estaban más: el fuego los consumió. Mientras la muerte, me volvió un poco más mortal, cual gato al que le quedan sólo seis vidas más.

 

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