La muerte chiquita

He pensado en el suicidio incontables veces, desde los 12 años. Ha sido un pensamiento, que se convierte en ente y me abraza fuerte durante los días menos esperados. Y sinceramente en múltiples ocasiones me he perdido en la tentación de realizarlo, justo hace media hora lo anhelaba, por ejemplo. Vaya, seduzco a la muerte.
La mayor parte del tiempo, me engancha la idea de saber qué se siente morir, y lo que pasa después: ¿Podré observar a los demás desde arriba, cuando se encuentren en mi funeral?, ¿Existirá el infierno?, ¿Duele morirse?, etc. Paso horas con ese tipo de reflexiones en mi cabeza, aún no existe una explicación que me deje satisfecha.
La pulsión de vida y de muerte que se siente al menos unas cuantas veces en la vida, me explicaba una amiga, es lo que nos mantiene en nuestro centro, eso que nos hace sentir. Para lo cual, respondí que también existen muertes chiquitas, en las que algo que nos conformaba se apaga para siempre. 
Somos a través de la percepción que nuestros sentidos obtienen de un mundo físico, hecho de energía, que a su vez permite el modo de vivir que hemos adoptado. Es decir, si algo que sucede con rigurosa exactitud, por mínimo que sea, cambia en todo el planeta, entonces todo lo que conocemos lo haría al tiempo. 
Es pertinente mencionar lo anterior, porque el profesor de fotografía planteó el cuestionamiento de: "¿Qué pasaría si hoy fuese nuestro último día en la tierra, y sólo pudiésemos llevar con nosotros cinco fotografías?"
Sin duda lo que más añoranza me causaría sería la percepción que mis sentidos me brindan porque, por lógica, no volverían a cumplir sus funciones en las mismas frecuencias. Reflexionar al respecto, ha matado un pequeño impulso de suicidio que crecía en mi interior, al darme cuenta que la vida que tengo es la que quiero, no en otro planeta, no en otro tiempo, ni con otras circunstancias. 

Y por eso, elegí lo que mis sentidos me brindan, a un nivel no sólo físico, también emocional:
Una puerta que abre y cierra constantemente, es la entrada a lo que constituye mi hogar, ese que durante 10 años me ha resguardado con ferocidad. Además del tamborileo apresurado de mi bicicleta, los pasos que las personas dejaron por pisos, paredes, techos, aún resuenan: el bastón de mi abuelita, las sonrisas de mis hermanos, las pláticas con mi padre, y las meditaciones de mamá. Porque aunque no estén, el hogar los espera con ansias, y al anochecer, si uno presta atención, se escuchan sus lamentos al crujir, cual lloriqueo amargo por un pasado que ya nunca será. 
El café es puntual a la hora requerida, no existe ocasión para la que sobre. Cura el susto, acompaña el parloteo, cancerbero de mi ansiedad, el primero en presentarse cuando debo celebrar algún éxito, seca mis lágrimas en los días solitarios, y a diario me anima a no desistir de mis sueños universitarios. El sabor que a su paso deja, sólo puede compararse a las enseñanzas que un viejo sabio carga consigo, ese que parece resguardar el conocimiento entero del universo. 
Cada ser humano emite un olor particular, imposible de igualar. Eso es lo que mi cerebro registra de las personas que amo. A veces, mientras camino por la calle, mi cerebro recuerda con ganas cómo olía tal persona, y lo que me hacía sentir. Sobre todo de aquellas con las que me siento libre de pensar. Mis amigos, han estado en mis crisis más terribles, a pesar de que son pocos, tan pocos que cabríamos todos en un auto compacto, puedo reconocerlos a metros de distancia, sin haberlos visto si quiera: dulce, exótico, cítrico, madera, lluvia... ráfagas de luz.
Mis mascotas y su extravagante forma de moverse dentro de mi mundo, es el paisaje que más amo en todo el planeta, que ni la más grandiosa cascada, ni el volcán más poderoso, ni siquiera el ave más perfecta, podrían igualar a lo que siento cuando mis mascotas me miran a los ojos, ellos son quienes me mantienen con vida, y con un tanto de cordura.
Mantener los pies en la tierra, es uno de los primeros consejos que me dieron, que a lo largo de mis años me ha acompañado como eco a mis espaldas. Porque la gravedad también es todo aquello que me constituye y me ha formado. Parece ilógico, pero aún con los pies a punto de quemar las naves, sostenerse sobre ellos es lo único sensato. El autorretrato es lo que soy, incluidas las letras pequeñas.

Divagar es divertido, pero al menos por hoy imaginar que me marcho, ha causado una muerte chiquita a mis ganas de abandonar todo. 

A propósito, es indispensable y oportuno dejar testimonio que mis profesores me han salvado la vida más veces de las que podría decirlo, aún sin saberlo me mantienen en pie. 










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